sábado, 25 de junio de 2022

La verdadera historia que todo el Perú debe conocer.

Sábado 21 de junio de 1969: en la madrugada, se produce una gran redada de dirigentes populares en Huanta y Ayacucho, así como de profesores, universitarios y estudiantes. Los detenidos son trasladados a Lima. A las 7 de la mañana, el pueblo de Ayacucho sale a las calles para protestar por la violencia policial y la no atención de sus reclamos. Esa misma mañana, llega un avión con “sinchis”.


En Huanta, los campesinos reclaman al Subprefecto Cabrera la libertad de sus dirigentes detenidos, Al enterarse de que los presos habían sido trasladados a Lima, toman de rehén a la autoridad política en la puerta del antiguo Correo y se lo llevan cogido de su corbata roja por los jirones Sáenz Peña y Arica hasta Callqui, al pie del cerro Calvario. A los dos días, el Subprefecto logra huir a Huamanga ayudado por un traidor. Al saberse de lo que ocurría en Huamanga, se convoca para un nuevo mitin al día siguiente. Piquetes de estudiantes dañan los puentes de Ayahuarcuna y Tablachaca para impedir que lleguen los refuerzos policiales. Se supo que los choferes de servicio público se negaron en Huamanga a trasladar esos refuerzos a Huanta.


Domingo 22 de junio 1969: los pocos dirigentes que quedan del FDP decretan desde la clandestinidad un paro general de 72 horas. Las autoridades declaran día de duelo por los caídos (¡!).


En Huanta, muy de mañana, se concentran grandes masas de campesinos. Desde Pucaraccay y Callqui bajan por los jirones Arica y Rasuhuillca golpeando las puertas y gritando “¡Wañuchun llaqta allqukuna!” (Qué mueran los perros de la ciudad). (¿La movilización era contra la gente de la ciudad?). Otro contingente ingresa por Huantachaca portando un asta enorme con el pabellón nacional.


A las 10 de la mañana, la masa reunida en la Alameda inicia su marcha hacia el centro de la ciudad. Los dirigentes recomiendan evitar la violencia. A la cabeza están los campesinos, armados únicamente de su valor y de la bandera bicolor; luego siguen las mujeres y los estudiantes. La muchedumbre avanza por el Jr. Gervasio Santillana. A la altura del Correo, la policía dispara a quemarropa. La masa humana retrocede, pero se recompone inmediatamente. Una campesina se adelanta con los brazos extendidos gritando: “¡Hukllam kawsay, hukllam wañuy!” “¡Maypim doctorniyku!” (¡Vencer o morir! ¡Donde está nuestro abogado (Cavalcanti)! Una ráfaga de metralleta la derriba; la policía se apodera del cuerpo.


Son ya las 11 a.m. Los manifestantes deciden armarse con lo que encuentren. En los establecimientos próximos se apoderan de machetes, cuchillos, botellas y gasolina para fabricar bombas “molotov”, incendiarias (en honor al inventor ruso de ese apellido). A los pocos minutos, el puesto policial del Jr. Santillana arde por todos sus costados. La policía tuvo que salir con dirección a la Plaza de Armas. Otro grupo de manifestantes incendia la PIP, ubicada en la Calle Comercio (Jr. Ayacucho). Los manifestantes atacan varios establecimientos, pero respetan la Casa Hiraoka. Los guardias se ubican en los portales y disparan sin cesar.


A las 2 de la tarde, los policías se parapetan en los malecones de la plaza, en las torres de la Iglesia Matriz y en casas particulares. Pese a la lluvia de balas, algunos estudiantes logran ingresar al parque y hacen ademán de disparar con fusiles de madera que se utilizaban en los desfiles. Un balazo ciega la vida del estudiante vigiliano Mario Muñoz Sicha y de Eufemio Zapata. Momentos antes, la estudiante Irene Saavedra había sido fulminada por un tiro. Caen más muertos y heridos. La multitud exasperada provoca los disparos de la policía en la creencia de que así, se les agotarán las municiones. Entre el humo de la pólvora y gritando a todo pulmón sus consignas, ingresan en la plaza. A eso de las 4, los policías se repliegan hacia Cinco Esquinas.


Mientras tanto, llega de Ayacucho un numeroso contingente de “sinchis”. El Ministerio del Interior ordena a la policía disparar a discreción. Desde Tablachaca se alinean en abanico y avanzan disparando a todo lo que se mueva. “Por Cinco Esquinas están, los “sinchis” entrando están; van a matar estudiantes, huantinos de corazón…” Esos refuerzos limpian las calles a sangre y fuego; apostados en las esquinas y con una rodilla en el suelo, disparan sus armas como haciendo “tiro al blanco”. Un niño de la Escuela Parroquial cae herido y es rematado a puntapiés. Su cuerpo desapareció.


Los manifestantes volvieron a reunirse en el Parque Hospital. Continuaba la lluvia de balas. Caían más muertos y heridos. Muchos jóvenes cargaban a los caídos al nosocomio próximo, pero gritaban que había más muertos que estaban siendo recogidos por los policías en el volquete recolector de basura. El sol ardiente de ese día, cansado de ver tanta matanza, se preparaba a reposar en las faldas del Omaconga (alturas de Marcas). A las 6 de la tarde, los parlantes de la Municipalidad anunciaron a los cuatro vientos que la situación estaba controlada y que se decretaba el “toque de queda” hasta la mañana siguiente. El Palacio Municipal fue convertido en cuartel de los “sinchis”. Oficialmente, los muertos de esa jornada histórica fueron “solamente” 13 y 273 heridos de bala. El hospital no se dio abasto para atenderlos. Esa noche, la ciudad y sus alrededores durmieron en medio de una tensa calma.


Lunes 23 y martes 24: Huanta y Ayacucho permanecen bajo estricto control policial por varias semanas. Un helicóptero aterriza varias veces en el morro de Tupín para evacuar a los heridos de gravedad hacia Huamanga. Un grupo de heridos fuga del hospital por temor a las represalias. Unos 200 efectivos de la policía se acantonan en nuestra Municipalidad. Los entierros de las víctimas se suceden uno tras otro; el pueblo acompaña dolorido, pero se ve impedido de manifestarse porque tiene tras sí a los “sinchis”. En el Cementerio General de la “Esmeralda” fueron enterrados en nichos contiguos los “Mártires de la Gratuidad de la Enseñanza”, cuyos nombres son: Mario Muñoz Sicha, Irene Saavedra, Eufemio Zapata, Macedonio Zambrano, Florentina Lozano, Juan Condori, Ramoncita Huarcaya, Páulo Gonzales, Adriano Ruis, Juana Vilcatoma, Agustín Garagundo y Pablo Cabrera, Huantinos de corazón que dieron sus vidas por nosotros.


El gobierno militar se vio obligado a derogar el D.L. 006 y se apresuró en decretar la Ley de “Reforma Agraria”, en un supuesto homenaje al “Día del Campesino”.

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