Flores Choque OresonEn el Perú, las “revoluciones” y “rebeliones” de la casta colonial han sido registrados con el sello de “guerra”; sin embargo,
a los alzamientos indianistas o guerras no convencionales se le han resaltado como “rebelión” y/o “revolución”, sin tener en cuenta “la fuerza nacional, guerrera y de combate” (Carlos Von Clausewitz, Tomo I, 1977) de la nación aymara.
De este modo, la “rebelión o revolución” de 1780-1781 ha sido estudiado desde distintas miradas, por lo mismo, no sólo comprende este periodo, algunos rastros se van perdiéndose en el año 1782 y otros en 1783. El término “guerra” aparece en varios documentos de la época, del mismo modo, se registra la existencia de Comisarios de Guerra y Juntas de Guerra de los españoles, por tanto, lo dimensionan por encima de rebelión y revolución, es decir, en su máxima expresión bélica fue la GUERRA AYMARA CONTRA ESPAÑA de 1780-1782.
Asimismo, la independencia de 1821 no liberó a los indios, porque “esta guerra no les concernía” (Hugo Pereyra Plasencia, 2014), por ello, los aymaras no han dejado de “plantear jamás el problema de su liberación en términos de violencia” (Frantz Fanon, 1971). Entonces, “la guerra no es otra cosa que un combate singular amplificado” (Carlos Von Clausewitz, Tomo I, 1977), en este sacudimiento liberatorio “cada uno pretende, por medio de la fuerza física, someter al otro” (Ibíd.). En este orden de ideas, en el presente trabajo usamos el término “guerra”, más no revolución, para no caer en el juego revolucionario de la izquierda colonial.
Es por ello, el 26 de agosto de 1780, a las 10:00 a.m., estalló la guerra en Chayanta (Bolivia), donde “se observó una multitud de indios que cubrían los cerros y campaña enderezándose al dicho pueblo de Pocoata con mucha algazara y ruidoso sonido de cornetas… a cuya seña precipitadamente se fueron acercando los indios al pueblo con hondas y piedras en mano” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 2, 1971).
El 13 de octubre 1780, Tomás Catari escribió al Rey de España, haciendo conocer que “se dio una sangrienta batalla” (Ibíd). Del mismo modo, el 12 de noviembre del mismo año, Catari escribió al Virrey Vértiz, donde manifestó:
"El día 26 de agosto próximo pasado en el pueblo de Pocoata sucedió el lamentable estrago, y guerra sangrienta en la que perecieron sobre trescientos indios tributarios del Rey", (Ibíd).
Las autoridades de la Real Audiencia de Chayanta, en 1779 y 1780 no supieron que hacer ante la guerra sangrienta, solo rezar que “algún castigo que escarmentase a los sediciosos, y arrancase en su nacimiento la raíz de rebelión” (Pedro de Angelis, 1836), años más tarde, el 12 de diciembre de 1795, el subdelegado de Chayanta, Pedro José Arizmendi en su informe al presidente de la Audiencia de Charcas, confirmó, en los siguientes términos:
"(No) puede ocultársele a su señoría el genio belicoso de los indios de Chayanta, ni el hecho constante de que ellos fueron los primeros que levantaron el estandarte de la independencia en la memorable época de ochenta y ochenta uno", (Citado por Lewin, 1972).
Por cuanto, Wankar Reynaga no se equivocó en titular a su titánica obra: “TAWAINTISUYU, cinco siglos de guerra Queswaymara contra España”, vale decir, 500 años de constante lucha de aymaras y quechuas contra España.
El 17 de noviembre de 1780, el obispo de Cuzco, Juan Manuel Moscoso escribió a Joseph Antonio de Areche, donde informó, está en hacer “comprender a los indios, que la guerra contra el rebelde, se miraba como punto de religión, que deben atender, según la calidad de cristianos” (Colección Documental del Bicentenario de la Revolución Emancipadora de Túpac Amaru, Tomo I, 1981); es decir, los quechuas se adheririon a las filas rebeldes o a los realistas, según como habían digerido el cristianismo, continúa, “son acérrimos seguidores de las tradiciones” (Ibíd) superpuestas.
En la misma fecha, el cacique Evaristo Delgado de Quispicanchi, en su condición de preso declaró ante la Junta de Guerra de Cuzco, que Tupac Amaru le manifestó, “que él sabía lo que hacía y que tenía veinte y cinco mil indios para hacer guerra, fuera de mil y tantos españoles” (Ibíd).
La carta del 21 de noviembre de 1780, del cura Pedro Mariano de Santisteban y Cano de Urcos, refiere, “los indios tan solamente con piedras y garrotes, hicieron de aquella parte la guerra y los españoles armados” (Ibíd), del mismo modo, en el edicto de fecha 13 de julio de 1781, Andrés Tupac Amaru, mencionó a Tupaj Katari como principal rebelde y emplazó acatar “sus órdenes para los fines de la presente guerra” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 3, 1971).
El 27 de julio de 1781, Simón Gutiérrez, recomendó la instrucción militar de las tropas españolas en el “manejo del arma en la destreza y prontitud” (Ibíd) para la guerra. Por su parte, Diego Tupac Amaru, el 20 de agosto de 1781, ordenó, “para dar batallas y avances a cuantos enemigos se encontrasen rebelados en cualesquiera lugares” (Ibíd) de la ciudad de La Paz.
Asimismo, el 19 de agosto de 1781, los españoles de la ciudad de La Paz, reconocieron la belicosidad de los Tupakataristas, al mismo tiempo, manifestaron, “se han apoderado de nuestras armas y con ellas nos están haciendo la guerra sin que se sepa cuando tendrá fin” (Ibíd).
Para el cura Matías de la Borda, la guerra significó el acumulamiento de la “maledicencia y total odio contra la nación Española” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 2, 1971), que desembocó en una guerra de carácter anticolonial. En tanto, para el Comandante General de La Paz Sebastián de Segurola, se aplicó la mano dura contra el indio rebelde, es decir, “con todo el rigor de la guerra” (Vicente de Ballivian y Róxas, 1872), haciendo de ella “una horrorosa carnicería en los rebeldes” (en Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 3, 1971).
El 21 de abril de 1781, en la provincia de Chucuito a una sola voz, los kataristas arengaron “enfurecidos gritando GUERRA GUERRA” (Nueva Colección Documental de la Independencia del Perú, Volumen 3, 2017). Una vez fragmentado la estructura comunal, la sociedad colonizada había sido paciente para no recurrir a la violencia organizada en la abolición de repartos, la supresión de corregidores y la extinción del trabajo forzado. Después de ello, la nación aymara decapitada en la actualidad en cuatro Estados coloniales (Bolivia, Perú, Chile y Argentina), abrazó la imperativa necesidad de acabar con la opresión, vale decir, la guerra fue para “acabar con la nación española” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 3, 1971).
Tupaj Katari planteó acabar con “el mal fruto cortarlo desde las raíces” (Vicente de Ballivian y Róxas, 1872), por ello, encontramos en los documentos firmados por Katari, su intención de “acabar a todos los españoles” (Boleslao Lewin, 1957). Del mismo modo, en la designación de sus principales coroneles y capitanes, advirtió quienes se negaban a cumplir su mandato, “serán castigados rigurosamente y sentenciados a horca y cuchillo” (Ibíd).
Katari, comandó al “verdadero hombre de guerra: juicio seguro y lógico en sus deducciones; espíritu de empresa; firmeza de carácter; mucha energía y mucha resolución” (Carlos Von Clausewitz, Tomo II, 1977), por ello, confirmó el 13 de noviembre de 1781, su “primera guerra que tuvo en Sicasica con los españoles” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 3, 1971). Años más tarde, en 1788, Antonio González Pavón en su informe sobre las causas de la sublevación de 1781, ratificó, sobre los cercos ejecutados por Tupaj Katari y “habiendo sido la infeliz ciudad de La Paz, como el centro de la guerra” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 1, 1971).
La guerra contra España estuvo garantizada por los aymaras, a pesar de no tener el poderío militar de los españoles, la superioridad de masas fue aceptada por los funcionarios coloniales. El 26 de noviembre de 1780, Vicente Flores Dávila desde Lampa pidió auxilio a las autoridades de Lima e informó que las milicias están compuestas por “mestizos y españoles criollos del país” (Colección Documental del Bicentenario de la Revolución Emancipadora de Túpac Amaru, Tomo I, 1981), sin instrucción en el “arte militar y de la guerra” (Ibíd). De mismo contenido, tenemos la carta de fecha 27 de abril de 1782, donde el Coronel Fernando Pielago, acompañado de 400 hombres se enrumbó a Larecaxa desde Moquegua al socorro de Sebastián Segurola, asimismo, admitió que tenía “a unos hombres poco expertos en este manejo, ser muchachos los oficiales” (Nueva Colección Documental de la Independencia del Perú, Volumen 4, 2017). Aunque, el 03 de marzo de 1781, José Joaquín de Oviedo y Albarracín, desde Arica, escribió, “nosotros no tenemos armas con qué resistir” (Citado por Cúneo, Volumen V, Tomo 4, 1977).
En momentos, los Tupakataristas eran como las olas en el mar, según Joaquín Orellana, “la tropa de rebeldes que se había retirado hasta Ilave, y Juli grandemente aumentada con el auxilio de gente que les ha llegado de la provincia de Pacajes” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 2, 1971), esto obedeció a la opresión racializada en las provincias aymaras de Perú, Bolivia, Chile y Argentina, generando un sentimiento antiespañol.
Los “qamiris” aymaras han renunciado a los movimientos sociales violentos, una vez logrado su independencia económica. Por ello, existen diversos tipos de revoluciones, “las primeras son revoluciones -como la francesa de 1789- hechas ‘desde abajo’, con la participación decisiva de las masas populares. Las otras son hechas ‘desde arriba’, por los grupos hegemónicos, respondiendo a sus contradicciones internas: significan cambios de hombres y no de estructuras” (Alberto Flores Galindo, 1976).
"Llegando a comprender en el terreno de la lucha que la vía insurreccional constituía el único camino para acabar con la opresión colonial. Esa vía sería transitada años más tarde, en alguna medida, por los curacas Ara de Tacna y Copaja de Tarata, y resueltamente por Zela, Calderón de la Barca, Paillardelle y Gómez", (Marcelino Velarde/Efrain Choque, 2015).
Del mismo modo, se insinúa que se buscó “una sociedad igualitaria, especie de comunismo primitivo” (Alberto Flores Galindo, Tomo 1, 1987), por otro lado, han dividido en dos fases: la de Amaru y Katari. Desde lo aymara, identificamos tres fases; la primera fase, el estallido en Chayanta liderado por Tomás Catari, quien “inició de una manera formal la primera sublevación en Chayanta el 26 de agosto de 1780” (Manuel Rigoberto Paredes, 2003); la segunda fase, el 04 de noviembre de 1780, con Tupac Amaru en Tinta; y la última fase, el 13 de marzo de 1781, con Tupaj Katari y su expansión en toda la nación aymara, “para quien la observa con calma, verdaderamente revolucionaria” (Alipio Valencia Vega, 1950), es decir, Tupaj Katari fue “el artífice, promotor, constructor y organizador del Movimiento Indio en Armas de 1780 a 1783” (Felipe Quispe Huanca, 2007).
Extracto del libro "Tupac Catari Apasa, vuelve y renace la nación aymara".