miércoles, 4 de octubre de 2023

PODER CONSTITUYENTE Y CONTROL POLÍTICO EN MANOS DE LAS COMUNIDADES CAMPESINAS.

Marcelino Velarde Castillo


La crisis de los partidos políticos en Perù es a consecuencia de intolerancias ideológicas y programáticas, ambiciones personales, corrupciòn, así mismo saltarse al control político de sus militantes para convertirse en partidos de propiedad individual de carácter COLONIAL, gamonal y latifundista en los procesos de elecciones internas, elecciones para elegir autoridades distritales, provinciales, regionales y nacionales, donde no toman en cuenta valores éticos , morales, menos capacidades e instrucciòn política con IDENTIDAD NACIONALISTA Y PATRIOTICA de acuerdo al ideario y estatuto partidario, esto ultimo oviado por los partidos mafias.

Estas causales construidas por el sistema colonial, invasor y opresor, abrazados por los partidos políticos de origen filosófico è ideológico euroasiático, han llevado a los países dependientes a continuar sumisos y obedientes al poder mundial, regional y territorial republicano, convirtiéndose en el muro de defensa del sistema opresor y ser enemigos declarados del PROCESO LIBERTARIO ANTICOLONIAL con filosofía, ideologìa y políticas de estado de las naciones milenarias más allá del Tawantinsuyo.

Estos actos políticos han llevado al desconocimiento del poder constituyente por parte de los funcionarios de los instrumentos  constituidos, a tal atrevimiento de desconocer, modificar y violar el instrumento legal construido por los representantes del poder constituyente y su aprobaciòn democratica ò sea la constitución política del Perù. 

Entonces ¿QUÉ HACER ?

En las ciudades liberar al poder constituyente que ha sido capturada por las mafias disfrazadas de partidos políticos con usos y costumbres coloniales euroasiáticas (ociosidad, robar, mentir, matar, corrupcion y demas desgracias que estos humanoides implantan para sus intereses.).

En el campo, fortalecer EL ÚLTIMO BASTIÒN VÁLIDO DE DEMOCRACIA DIRECTA ESTABLECIDA ANCESTRALMENTE  EN LAS COMUNIDADES CAMPESINAS Y NATIVAS DE LA AMAZONIA y que sea ejemplo para toda la republica.


LA GUERRA ENCUBIERTA CONTRA ESPAÑA




Flores Choque Oreson

En el Perú, las “revoluciones” y “rebeliones” de la casta colonial han sido registrados con el sello de “guerra”; sin embargo, a los alzamientos indianistas o guerras no convencionales se le han resaltado como “rebelión” y/o “revolución”, sin tener en cuenta “la fuerza nacional, guerrera y de combate” (Carlos Von Clausewitz, Tomo I, 1977) de la nación aymara.
De este modo, la “rebelión o revolución” de 1780-1781 ha sido estudiado desde distintas miradas, por lo mismo, no sólo comprende este periodo, algunos rastros se van perdiéndose en el año 1782 y otros en 1783. El término “guerra” aparece en varios documentos de la época, del mismo modo, se registra la existencia de Comisarios de Guerra y Juntas de Guerra de los españoles, por tanto, lo dimensionan por encima de rebelión y revolución, es decir, en su máxima expresión bélica fue la GUERRA AYMARA CONTRA ESPAÑA de 1780-1782.
Asimismo, la independencia de 1821 no liberó a los indios, porque “esta guerra no les concernía” (Hugo Pereyra Plasencia, 2014), por ello, los aymaras no han dejado de “plantear jamás el problema de su liberación en términos de violencia” (Frantz Fanon, 1971). Entonces, “la guerra no es otra cosa que un combate singular amplificado” (Carlos Von Clausewitz, Tomo I, 1977), en este sacudimiento liberatorio “cada uno pretende, por medio de la fuerza física, someter al otro” (Ibíd.). En este orden de ideas, en el presente trabajo usamos el término “guerra”, más no revolución, para no caer en el juego revolucionario de la izquierda colonial.
Es por ello, el 26 de agosto de 1780, a las 10:00 a.m., estalló la guerra en Chayanta (Bolivia), donde “se observó una multitud de indios que cubrían los cerros y campaña enderezándose al dicho pueblo de Pocoata con mucha algazara y ruidoso sonido de cornetas… a cuya seña precipitadamente se fueron acercando los indios al pueblo con hondas y piedras en mano” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 2, 1971).
El 13 de octubre 1780, Tomás Catari escribió al Rey de España, haciendo conocer que “se dio una sangrienta batalla” (Ibíd). Del mismo modo, el 12 de noviembre del mismo año, Catari escribió al Virrey Vértiz, donde manifestó:
"El día 26 de agosto próximo pasado en el pueblo de Pocoata sucedió el lamentable estrago, y guerra sangrienta en la que perecieron sobre trescientos indios tributarios del Rey", (Ibíd).
Las autoridades de la Real Audiencia de Chayanta, en 1779 y 1780 no supieron que hacer ante la guerra sangrienta, solo rezar que “algún castigo que escarmentase a los sediciosos, y arrancase en su nacimiento la raíz de rebelión” (Pedro de Angelis, 1836), años más tarde, el 12 de diciembre de 1795, el subdelegado de Chayanta, Pedro José Arizmendi en su informe al presidente de la Audiencia de Charcas, confirmó, en los siguientes términos:
"(No) puede ocultársele a su señoría el genio belicoso de los indios de Chayanta, ni el hecho constante de que ellos fueron los primeros que levantaron el estandarte de la independencia en la memorable época de ochenta y ochenta uno", (Citado por Lewin, 1972).
Por cuanto, Wankar Reynaga no se equivocó en titular a su titánica obra: “TAWAINTISUYU, cinco siglos de guerra Queswaymara contra España”, vale decir, 500 años de constante lucha de aymaras y quechuas contra España.
El 17 de noviembre de 1780, el obispo de Cuzco, Juan Manuel Moscoso escribió a Joseph Antonio de Areche, donde informó, está en hacer “comprender a los indios, que la guerra contra el rebelde, se miraba como punto de religión, que deben atender, según la calidad de cristianos” (Colección Documental del Bicentenario de la Revolución Emancipadora de Túpac Amaru, Tomo I, 1981); es decir, los quechuas se adheririon a las filas rebeldes o a los realistas, según como habían digerido el cristianismo, continúa, “son acérrimos seguidores de las tradiciones” (Ibíd) superpuestas.
En la misma fecha, el cacique Evaristo Delgado de Quispicanchi, en su condición de preso declaró ante la Junta de Guerra de Cuzco, que Tupac Amaru le manifestó, “que él sabía lo que hacía y que tenía veinte y cinco mil indios para hacer guerra, fuera de mil y tantos españoles” (Ibíd).
La carta del 21 de noviembre de 1780, del cura Pedro Mariano de Santisteban y Cano de Urcos, refiere, “los indios tan solamente con piedras y garrotes, hicieron de aquella parte la guerra y los españoles armados” (Ibíd), del mismo modo, en el edicto de fecha 13 de julio de 1781, Andrés Tupac Amaru, mencionó a Tupaj Katari como principal rebelde y emplazó acatar “sus órdenes para los fines de la presente guerra” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 3, 1971).
El 27 de julio de 1781, Simón Gutiérrez, recomendó la instrucción militar de las tropas españolas en el “manejo del arma en la destreza y prontitud” (Ibíd) para la guerra. Por su parte, Diego Tupac Amaru, el 20 de agosto de 1781, ordenó, “para dar batallas y avances a cuantos enemigos se encontrasen rebelados en cualesquiera lugares” (Ibíd) de la ciudad de La Paz.
Asimismo, el 19 de agosto de 1781, los españoles de la ciudad de La Paz, reconocieron la belicosidad de los Tupakataristas, al mismo tiempo, manifestaron, “se han apoderado de nuestras armas y con ellas nos están haciendo la guerra sin que se sepa cuando tendrá fin” (Ibíd).
Para el cura Matías de la Borda, la guerra significó el acumulamiento de la “maledicencia y total odio contra la nación Española” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 2, 1971), que desembocó en una guerra de carácter anticolonial. En tanto, para el Comandante General de La Paz Sebastián de Segurola, se aplicó la mano dura contra el indio rebelde, es decir, “con todo el rigor de la guerra” (Vicente de Ballivian y Róxas, 1872), haciendo de ella “una horrorosa carnicería en los rebeldes” (en Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 3, 1971).
El 21 de abril de 1781, en la provincia de Chucuito a una sola voz, los kataristas arengaron “enfurecidos gritando GUERRA GUERRA” (Nueva Colección Documental de la Independencia del Perú, Volumen 3, 2017). Una vez fragmentado la estructura comunal, la sociedad colonizada había sido paciente para no recurrir a la violencia organizada en la abolición de repartos, la supresión de corregidores y la extinción del trabajo forzado. Después de ello, la nación aymara decapitada en la actualidad en cuatro Estados coloniales (Bolivia, Perú, Chile y Argentina), abrazó la imperativa necesidad de acabar con la opresión, vale decir, la guerra fue para “acabar con la nación española” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 3, 1971).
Tupaj Katari planteó acabar con “el mal fruto cortarlo desde las raíces” (Vicente de Ballivian y Róxas, 1872), por ello, encontramos en los documentos firmados por Katari, su intención de “acabar a todos los españoles” (Boleslao Lewin, 1957). Del mismo modo, en la designación de sus principales coroneles y capitanes, advirtió quienes se negaban a cumplir su mandato, “serán castigados rigurosamente y sentenciados a horca y cuchillo” (Ibíd).
Katari, comandó al “verdadero hombre de guerra: juicio seguro y lógico en sus deducciones; espíritu de empresa; firmeza de carácter; mucha energía y mucha resolución” (Carlos Von Clausewitz, Tomo II, 1977), por ello, confirmó el 13 de noviembre de 1781, su “primera guerra que tuvo en Sicasica con los españoles” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 3, 1971). Años más tarde, en 1788, Antonio González Pavón en su informe sobre las causas de la sublevación de 1781, ratificó, sobre los cercos ejecutados por Tupaj Katari y “habiendo sido la infeliz ciudad de La Paz, como el centro de la guerra” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 1, 1971).
La guerra contra España estuvo garantizada por los aymaras, a pesar de no tener el poderío militar de los españoles, la superioridad de masas fue aceptada por los funcionarios coloniales. El 26 de noviembre de 1780, Vicente Flores Dávila desde Lampa pidió auxilio a las autoridades de Lima e informó que las milicias están compuestas por “mestizos y españoles criollos del país” (Colección Documental del Bicentenario de la Revolución Emancipadora de Túpac Amaru, Tomo I, 1981), sin instrucción en el “arte militar y de la guerra” (Ibíd). De mismo contenido, tenemos la carta de fecha 27 de abril de 1782, donde el Coronel Fernando Pielago, acompañado de 400 hombres se enrumbó a Larecaxa desde Moquegua al socorro de Sebastián Segurola, asimismo, admitió que tenía “a unos hombres poco expertos en este manejo, ser muchachos los oficiales” (Nueva Colección Documental de la Independencia del Perú, Volumen 4, 2017). Aunque, el 03 de marzo de 1781, José Joaquín de Oviedo y Albarracín, desde Arica, escribió, “nosotros no tenemos armas con qué resistir” (Citado por Cúneo, Volumen V, Tomo 4, 1977).
En momentos, los Tupakataristas eran como las olas en el mar, según Joaquín Orellana, “la tropa de rebeldes que se había retirado hasta Ilave, y Juli grandemente aumentada con el auxilio de gente que les ha llegado de la provincia de Pacajes” (Colección Documental de la Independencia del Perú, Tomo II, Volumen 2, 1971), esto obedeció a la opresión racializada en las provincias aymaras de Perú, Bolivia, Chile y Argentina, generando un sentimiento antiespañol.
Los “qamiris” aymaras han renunciado a los movimientos sociales violentos, una vez logrado su independencia económica. Por ello, existen diversos tipos de revoluciones, “las primeras son revoluciones -como la francesa de 1789- hechas ‘desde abajo’, con la participación decisiva de las masas populares. Las otras son hechas ‘desde arriba’, por los grupos hegemónicos, respondiendo a sus contradicciones internas: significan cambios de hombres y no de estructuras” (Alberto Flores Galindo, 1976).
"Llegando a comprender en el terreno de la lucha que la vía insurreccional constituía el único camino para acabar con la opresión colonial. Esa vía sería transitada años más tarde, en alguna medida, por los curacas Ara de Tacna y Copaja de Tarata, y resueltamente por Zela, Calderón de la Barca, Paillardelle y Gómez", (Marcelino Velarde/Efrain Choque, 2015).
Del mismo modo, se insinúa que se buscó “una sociedad igualitaria, especie de comunismo primitivo” (Alberto Flores Galindo, Tomo 1, 1987), por otro lado, han dividido en dos fases: la de Amaru y Katari. Desde lo aymara, identificamos tres fases; la primera fase, el estallido en Chayanta liderado por Tomás Catari, quien “inició de una manera formal la primera sublevación en Chayanta el 26 de agosto de 1780” (Manuel Rigoberto Paredes, 2003); la segunda fase, el 04 de noviembre de 1780, con Tupac Amaru en Tinta; y la última fase, el 13 de marzo de 1781, con Tupaj Katari y su expansión en toda la nación aymara, “para quien la observa con calma, verdaderamente revolucionaria” (Alipio Valencia Vega, 1950), es decir, Tupaj Katari fue “el artífice, promotor, constructor y organizador del Movimiento Indio en Armas de 1780 a 1783” (Felipe Quispe Huanca, 2007).
Extracto del libro "Tupac Catari Apasa, vuelve y renace la nación aymara".

viernes, 25 de agosto de 2023

EL ORIGEN DEL TOPÓNIMO TACNA

 


Efrain Choque 



Hay consenso entre las evidencias y resultados de las últimas investigaciones arqueológicas, etnohistóricas y de la lingüística andina, en señalar que Tiwanaku representa un factor gravitante en la formación de la sociedad regional desde los tiempos prehispánicos. Y que como señala Lumbreras, “en el territorio circum-Titicaca se fraguó un proceso cuya magnitud más conocida es la que se logró en tiempo de Tiwanaku”.(Ayca, 2000). Luego vinieron los procesos protagonizados por los señoríos regionales Lupacas, Collas y Pacajes, lo que fue acentuado, desde una lógica distinta por la colonia y la república.
Hay consenso también en que estos pueblos del extremo sur peruano (desde Arequipa hasta Tarapacá, pasando por Tacna y Arica), durante el imperio Tiwanaku hablaban corrientemente el idioma puquina, entre los siglos VIII al XIII, sobrepasando el límite temporal de su etapa expansiva. Esto nos permite afirmar que el poblado conocido hoy como Tacna, tiene sus raíces no en el siglo XVI (1,573) -o poco antes como lo sugieren algunos historiadores locales- en que se funda como reducción de indígenas, por obra de la acción urbanizadora colonial española; sino que tendría sus orígenes en los procesos urbanizadores y de control político-tributario Tiwanaku. Carlos Vela, muy agudo señala que la evidencia arqueológica nos lleva hasta el formativo tardío con una población asentada en la pequeña aldea El Atajo (Para), en el siglo VI (580 d.C.)
Precisamente, un estudioso de esta civilización en nuestra región, como lo fue Max Uhle, al comenzar la segunda década del siglo XX, excavó en los alrededores de la ciudad de Tacna y descubrió grandes cementerios de la época tiwanakense, aunque estos ya habían sido saqueados, como tantos otros, por los buscadores de metales preciosos.
El arqueólogo alemán exploró los terrenos del sector noroes¬te que descienden del cerro Intiorko, ocupados actualmente por el cuartel "Albarracín" y la estación del ferrocarril Tacna- Arica. Asimismo los terrenos del sector sur donde se erige actualmente: la ciudad Universitaria. En el primer sector sólo pudo rescatar fragmentos de cerámica, los cuales, sin embargo, lo llevaron identificar ceramios Tiwanaku en posesión de particulares, como una taza "pintada de negro en fondo rojo, con dos figuras de garzas andando, separadas, por líneas espirales dobles”; además un cántaro decorado con negro y blanco en fondo rojo, y con dibujos escalerados que suben y bajan. En el segundo sector encontró tumbas que descendían bajo la superficie del suelo hasta 75 cm. y 65 cm. construidas con piedras de río, a manera de celdas estrechas y cilíndricas, en cuyo interior se encontró dos momias de párvulos en cuclillas -forma característica de enterramientos Tiwanaku- cada una de ellas con ajuar compuesto por un timbal, una taza y una cuchara; además plumas coloradas y restos de tejidos.(Panty, 1988). Las investigaciones arqueológicas de reciente data (López, 1997) sugieren también la existencia de dos cementerios en Para con tumbas subterráneas de tipo fosa y cista de forma circular.
Una primera aproximación puramente lingüística (Tomado de Oré, y estudiado por Torero) para entender el término <Tacana>, nos conduce a constatar que en el vocabulario puquina se denomina <Taca> a la raíz verbal que designa el hecho de “enterrar”, y el derivativo verbal -na ('Causativo' puquina muy productivo; v. gr.,halla- “morir”, halla-na- “hacer morir: matar”, estudiado por Torero (2002). Entonces el topónimo <Tacana>, podría significar en esta primera acepción: “Lugar con muchos entierros o aposentos” o sea lugar en donde se ubican varios cementerios, como la evidencia arqueológica ha corroborado.
Pero estos cementerios prehispánicos, se ubicaban en los linderos extremos de los ayllus y parcialidades, por lo que se puede decir también alrededor de las zonas de sembríos, y que en el caso del poblado <Tacana> estaba constituido seguramente por los antiguos ayllus y que en su denominación moderna se llaman Collana, Tonchaca, Ayca, Capanique, Aymara, Silpay, Olanique, Humo. Esto nos traslada a una segunda acepción en el idioma que venimos refiriendo: “trabajar”. La raíz verbal <Taqqa> significa precisamente “trabajar” y se conformaría con el derivativo verbal -na, para significar <Tacana>: “lugar de trabajo agrícola o en sembríos”, para señalar a los terrenos cultivables de los ayllus ancestrales. Sin embargo, esta primera aproximación puramente lingüística y muy limitada requiere aún su contextualización geográfica y cultural. Y ello nos lo ofrece, en parte, el Diccionario geográfico del Perú de Germán Stiglich (1922) para la zona del antiguo Colesuyo. En este se encuentran por lo menos 10 topónimos que portan el radical <Taca>. Entre ellos Tacahuai (costa de Ite, donde se forma un morro, ubicado entre la punta Picata y la punta Icuy), Tacalaya (Nacientes del río Locumba de donde se derivan aguas para la quebrada de Sinto), Tacagachi (en la quebrada de Carumas), Tacaupo (Cotahuasi, provincia La Unión)), Taca (Punta en el península de Huata, pertenece a Conima, Huancané, antiguo sector Puquina), Tacahuarcay (Nevado en Chuquibambilla), Tacahuasi (Cerros en la cabeceras del río Soco). Una deducción primera nos puede conducir a relacionar a un lugar ubicado entre dos morros, cerros, o puntas del litoral, pero también a unas suaves quebradas en la zona interandina y altoandina (Tacagachi, Tacahaurcay). Y esto nos dirige a pensar que el antiguo valle en donde se ubicó -y ubica- el tradicional poblado Tacana está flanqueado por los cerros Intiorco y Arunta, lo que nos aproxima al significado semejante de Tacahuai o Tacabaya, expresión genuinamente puquina, que designa un lugar de suave quebrada del litoral ubicada entre dos cerros o puntas.
Volviendo al aporte lingüístico, y, aunado a él, la contribución etnogeográfica de Stiglich, tenemos ya una segunda aproximación; y podemos postular que el topónimo <Tacana> significaría un lugar entre dos cerros de suave elevación, pero que en el caso del valle local al que nos estamos refiriendo, coincide con que el dicho lugar es de sembríos productivos y donde muy cerca de las faldas de sus cerros se ubican algunos cementerios.
Los historiadores de la tradición liberal en Tacna – Cúneo Vidal, Dagniño, Zora, entre otros, – al partir de la idea errónea que Tacna fue ocupada desde “tiempos remotos” por los reinos aymaras, no pudieron comprender que los estos reinos – y sobre todo, el sector Lupaca- arribaron a los valles yungas, de antigua tradición cole o puquina, recién 300 ó 400 años antes que llegaran los españoles. Es cierto que esta tradición liberal no conoció que el impero Tiwanaku (siglos VIII-XI o años 700 d.C. a 1, 000 d. C. ó ,1100 d.C.) no tuvo raigambre aymara o colla-aymara. Hoy las investigaciones etnohistóricas y la lingüística andina señalan que recién a partir del siglo XIII, el idioma aymara ingresa a la meseta del Titicaca, con hombres encargados de la caída del gran imperio, y a partir de entonces los puquina-hablantes se socorren en el litoral ya del Titicaca y valles yungas llamados después del Colesuyo (Moquegua, Tacna, Arica y Tarapacá) en la persecución e imposición del nuevo régimen de los Estados o señoríos locales aymaras con vigencia en los años 1,100 d. C -1,475 d.C. (Bouysse-Cassagne, 1987, 1992; Espinoza Soriano, 1987; Cerrón-Palomino, 2012).
Fue en ese entender que Cúneo- Vidal sostiene que el topónimo <Taca> es una contracción del término aymara <Tacana>, y que, Cavagnaro añade, que así como al inicio de la Colonia se llamó “Chácara”, por economía de su uso, se llamó después “Chacra”, de la misma forma <Tacana> pasó a formarse en <Tacna>.
Las referencias escritas más antiguas del topónimo <Tacana>, las tenemos en la provisión de la encomienda a favor de Pedro Pizarro del 20 de noviembre de 1538: “…en el pueblo de Tacana el cacique Istaca”; Igualmente en la entrega del título de merced de la chacra Coyluna (2-9-1560) otorgada a Pedro Pizarro por el Cabildo de Arequipa se dice “y dar veinte hanegas e sembradura abajo del ajial de Tacana, que son tierras baldías y montuosas, que se llaman Rolonia e Vitoria”(GUÉRIN, 1989). Luego en 1588 en un Memorial dirigido por el cura doctrinero de Aullaguas al rey Felipe II se dice “En un pueblo que se dice Tacana nueve leguas del puerto de Arica” (Álvarez, 1588). Dagnino (1909) encontró la evidencia documental en los archivos de las Cajas Reales de Arica en donde el 30 de marzo de 1612 “aparece por primera vez este pueblo escrito Tacna y bajo la advocación de San Pedro”.
Para el padre jesuita Ludovico Bertonio (1612), quien hizo un esfuerzo encomiable para reconstruir el vocabulario aymara en su versión Lupaqa del siglo XVII, encontró que el término <Taca> y pluralizado en <Tacataca> servía para designar al platero y herrero, seguramente fue una voz onomatopéyica por el sonido que representa. Hay en este texto dos términos más cercanos a <Tacana> pero con significado disímil: <Taccanaui>: “Continuadamente”, y <Thaccanitha>: “Ir a buscar”. Aquí hay al parecer un radical aymara <Tacca>, pero con significado diferente a las raíces puquinas para el mismo término.
Luego, en el texto de Bertonio no hay además una referencia directa a alguna raíz verbal aymara para designar unos sembríos en andenes o graderías escalonadas, como lo sugiere Rómulo Cúneo-Vidal. En todo caso, en el lugar que ocupó el poblado prehispánico de Tacna, no hay suaves graderías; por lo que este autor dijo encontrarse en la “Llacta” o pueblo de Pachìa. La andenería o las terrazas son designadas como <Paterías> en el diccionario de Bertonio.
Si es cierto, que en el quechua del siglo XVI, el término <Tacana> designaba indistintamente al mazo, martillo, yunque, como lo registra Domingo de Santo Tomás, en su Lexicón o vocabulario de la lengua general del Perú, de 1560. Esto, ya Carlos Auza Arce, lo afirmó en la década de 1950, pero no acertó en que la voz <Tacana> fuera común al quechua y al aymara.
Algunos actuales estudiosos del aymara local, utilizando los verbos <Taqhaña> (buscar) intentan encontrar una aproximación al significado que analizamos, ya que consideran que el término <Takana> “arroja una etimología vaga”. Esto sucede, precisamente, pues, como postulamos al inicio, <Tacana> no es término quechua ni aymara sino una voz proveniente del idioma puquina.
Un comentario muy crítico del eminente lingüística Rodolfo Cerrón- Palomino, respecto a esta discusión, señala que no descarta una raíz puquina para el término <Tacana>, pero que deben producirse más investigaciones. En todo caso adelanta el siguiente juicio:
“Por lo demás, seguimos en ayunas respecto de una verdadera documentación antigua del nombre. Hay que seguir revisando los archivos. Gracias a este tipo de fuentes, por ejemplo, hoy sabemos que <Moquegua> proviene de <Muqui-guaya>, y gracias a este hallazgo los topónimos terminados en <gua> tienen que remontar ca <huaya>, comenzando por <Collagua>, que fue con seguridad <Colla-guaya>, etc. De paso, los argumentos de Cúneo Vidal y de Cavagnaro para sostener que hubo una contracción de <Tacana> en <Tacna> son absurdos, pues la cosa fue al revés, por razones de estructura silábica castellana: <chacra> y <Tacna> devinieron en <chacara> y <Tacana>, como muchos nombres de origen quechumara (recuerda, por ej., el caso de <lucuma> en lugar de <lucma>).
Finalmente, según los diccionarios aimaras de la zona, <Tacna> se pronuncia como /thajna>, es decir con una /th/ aspirada inicial y con una <j>, que no es "fuerte", es decir, que no es /x/. Esto nos quiere decir que: (a) la /th/ surge como compensación del debilitamiento de la <c>; y (b), que esta <c> tiene que haber sido /k/ y no /q/, porque entonces tendríamos /thaxna>. Estamos seguramente ante una pronunciación aimara del nombre, que a su vez pasa al castellano. ¿Significa esto que estaríamos ante una raíz */takna/ libre de todo sufijo? ”
El conocimiento está abierto, y hay mucho que discutir al respecto.
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FUENTE: Efrain Choque. Historia de Tacna, Una síntesis histórica de sus pueblos. Perugrafica. Tacna, 2016.
Leyenda del mapa
En mapa ofrece una versión restringida del área Puquina postulada por Torero (2002), entre Arequipa y Tacna; pero una versión más amplia –de Arequipa hasta el sur de Arica- la ofrece Bouysse-Cassagne (1992) al citar una carta de Alonso de Barzana de 1593 dirigida a Juan Sebastián "provincial de la Compañía de Jesús y Las Provincias del Perú", en donde se lee:”(…) no obstante existir “más de cuarenta o cincuenta pueblos” de habla puquina, “tanto en el Collao, como en Arequipa, y sobre todo en la costa de la mar hacia Arica y aun hacia otras costas”, no tuvieran predicador, pese a que para entonces se había "trabajado y reducido la lengua en arte y se ha[bía] escrito un confesionario y un vocabulario y una doctrina”.


MAPA IDIOMATICO ANCESTRAL.